domingo, 27 de diciembre de 2015

La magia del corazón

La magia del corazón


¿Hacia dónde miran tus ojos,
cuándo se pierde tu mirada?
¿A dónde van las palabras,
cuándo tu voz se apaga?
¿En qué dirección van tus pasos,
cuándo el camino se acaba?

Puede que cerca o lejos,
pero no importa el lugar...
Porque la magia del corazón,
es un misterio que se debe guardar.

¿Quién comprende el pensamiento?
¿Quién puede leer un sueño,
o dibujar los sentimientos?
¿Quién impide que sople el viento,
rompe el agua, si carece de hielo,
y es capaz de ver, aún estando ciego?

Puede que alguien tenga la respuesta,
Pero prefiero no ser yo quien lo sepa.
La magia que mueve el corazón,
es un misterio ocultado a la razón.

¿Dónde va un alma solitaria,
cuándo del miedo se esconde?
¿Hacia dónde se elevan las plegarias,
de una voz a penas pronunciada?
¿Y dónde caen las lágrimas,
cuándo el aire las recoge?

Puede que exista un mapa...
Pero los mejores tesoros,
ni son joyas, ni son de oro,
porque están hechos de magia.

La màgia de dins el cor


A on miren els teus ulls,
quan es perd la teva mirada?
A on van les paraules,
quan ningú escolta el que dius?...
A on van les teves passes,
quan el camí s’acaba?

Potser lluny o prop,
però no importa a on...
La màgia de dins el cor,
és oculta per a tothom.

Qui té la clau d’una ment,
qui pot llegir un somni,
o dibuixar un sentiment?
Qui pot atrapar el vent,
qui és capaç de trencar l’aigua
o de parlar amb un ocell?

Potser algú si que en sap,
però jo no vull ser igual.
La màgia de dins el cor,
ha d’estar oculta per a tothom.

A on va una ànima,
quan de la por s’amaga?
A on es lleven les pregàries,
quan la veu s’apaga?...
A on cauen les llàgrimes,
quan se les emporta l’aire?

Potser n’hi hagi un mapa,
però els millors tresors,
no es troben enlloc...
Per què són fets de màgia!


En la oscuridad de la noche

Entre las sombras hay oscuridad,
y más allá no hay nada más,
que los ojos escépticos quieran ver,
porque no hay nada que temer…

Aúlla un lobo a la luna,
y los búhos ululan.
El viento sopla con furia,
y los ratones se asustan.

Entre las paredes de un hogar,
no hay quien quiera pensar,
que la piedra no da seguridad,
y que el peligro puede acechar…

Una ventana se abre,
y las luces se apagan.
El aire, travieso,
no le teme a nada…

Se escuchan pasos, gritos,
algún que otro golpe.
El terror ha llegado,
en la oscuridad de la noche.

Entre los brazos de un vampiro,
descansa una joven hermosa.
Su vida se consume gota a gota,
pero eso a él no le importa…

Blanca piel que cobra vida,
con cada beso la sentencia…
Y ella más blanca que él,
le suplica clemencia.

Aliento evaporado,
suspiro entre tinieblas,
el frío la está quemando,
mientras su voz se quiebra.

Entre las paredes de una cripta,
están los dos, muerte en vida...
Ella dejó de ser la víctima,
y es una sangrienta asesina.

En la oscuridad de la noche,
el terror se cuela en los hogares...
Sólo quedan cenizas del pasado,
y la sed reclama su legado.


viernes, 11 de diciembre de 2015

Ojos de gato

¿Quién tiene ojos de gato?
Mente intrépida, liberada,
de su cuerpo esclavo,
de sus cadenas pesadas.

Alargadas y finas pupilas,
evitan que la luz le deslumbre
y para ver desde arriba,
con destreza trepa cumbres.

En la noche más apagada,
no hay sombras que tapen,
su mirada apasionada,
ni sus sueños formidables.

Felino astuto que conoce,
los entresijos de las calles,
atajos, cuestas y rincones,
que alimentan sus verdades.

Corazón de espejo,
su sentir es reflejo,
de la luna nocturna
del misterio que oculta.

En su interior hay melodía,
canciones vivas
con notas muertas, 
heridas por la consciencia.

Con caminar sigiloso,
y apariencia invisible,
esos ojos observan,
todas las almas grises.

Su iris es muy distinto a otros,
de ese color hay muy pocos,
por eso salta por los tejados,
¿Quién tiene ojos de gato?


martes, 17 de noviembre de 2015

Entre el cielo y el infierno

Entre el cielo y el infierno

Ven, sujeta mi mano,
ven, que juntos iremos,
por el camino que hay,
entre el cielo y el infierno.

El paisaje oprime el corazón.
ver tanta alegría y tanta desazón.
No hemos llegado al abismo,
y escucho arpas y gritos.

Mira hacia el cielo y más allá,
fíjate en esa estrella fugaz...
Una vida iluminada,
que se quedó en nada.

Mira tu sombra alargada,
mírala, nació esclava.
Te lleva a rastras,
su libertad es falsa.

La música del fin de todo,
es una triste melodía,
surge de un violín de oro,
tocado por manos egoístas.

Ven, que te haré de guía.
Ven, que charlaremos,
aunque lo que hablemos,
se lo lleve la brisa.

El paisaje oprime el corazón,
ver tanta alegría y tanta desazón.
Los que pueden no quieren,
los que quieren, no pueden,
cambiar el mundo y su razón.

Entre el cel i l'infern


Vine, agafa’m de la mà,
vine, que passejarem,
pel camí que hi ha,
entre el cel i l’infern.

El paisatge oprimeix el cor,
veure tant i tan poc,
encara no som a l’altre món,
i sento arpes i plors.

Mira, cap al firmament
mira, aquell estel fugaç.
Una vida plena de llum
que ja s’ha apagat.

Mira la teva pròpia ombra,
mira-la, va néixer esclava.
No es pot viure de l’aire...
La llibertat és un miratge.

La música de la fi del món,
és una melodia molt trista,
surt d’un violí preciós,
agafat per mans egoistes.

Vine, que jo et guiaré
vine, que parlarem...
Encara que les paraules,
se les emporti el vent.

El paisatge oprimeix el cor,
Veure tant i tan poc.
Els que poden no volen,
els que no poden, volen...
canviar el món.



lunes, 26 de octubre de 2015

Coraje

Figura dulce y esbelta,
pies que acarician la arena
y manos que escriben en ella
mientras las olas se acercan.

Cabello revuelto, ropa mojada
manos frías y en el aire tormenta,
mirada que reta a la naturaleza,
latidos de un corazón de diosa.

Pero el mar no retrocede
y borra las formas dibujadas
símbolos, palabras y letras
que el agua y la brisa se llevan.

Su cuerpo ha sido derrotado,
sabe que el destino ha hablado,
y en la tragedia de haber perdido
sonríe porque siente que ha ganado.

A través de las ventanas
de toda alma pensativa
se puede ver arena y mar
y algo escrito en la orilla.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Gorrión

Gorrión que deseas ser gaviota,
para volar sobre las olas,
pero tus alas son cortas,
y sólo vas de una rama a otra.

Oyes cantar a los canarios,
e intentas imitar su encanto,
pero careces de su don innato.
Tu silbido es... otro de tantos.

Envidias al búho sabio,
por ser paciente y respetado.
Inquieto como eres,
no puedes estar parado.

Ay, pequeño gorrión pardo,
que ni cantas ni vuelas bien,
que nadie te hace caso
y sigues adelante con fe.

¿Dónde estará tu lugar,
en este mundo complicado?
¿Qué engranaje será
el que te da significado?

Una niña curó tu ala,
te cuidó horas largas.
De ti no esperaba nada,
sólo quería que volaras.

Ocupaste un hueco,
en su corazón tierno.
¡Cumple con su sueño,
y vuela, vuela lejos!

martes, 13 de octubre de 2015

Malvasía

Malvasía era una niña alegre y vivaracha. En cuanto aprendió a caminar, no tardó en correr por el jardín de su casa. A veces pisaba la pequeña huerta y sus padres la reñían. Tenían plantado unos pocos tomates, zanahorias, lechugas… Otras veces se lo pasaba en grande bañándose en la alberca con su madre. El agua estaba limpia y fresca. Vivían en un pueblo que rebosaba vida por todas partes. Así que los pájaros anidaban hasta en los lugares más insospechados. Su canturreo era un agradable sonido ambiental que se escuchaba a quilómetros. Malvasía solía observarles, quieta, curiosa... Al principio, nada más ver su silueta de niña humana, huían de ella.  Y la pequeña se  ponía a llorar. Así que los gorriones dejaron de actuar como les dictaba su naturaleza, y no huyeron más. Permitieron que Malvasía se acercase a ellos. Memorizaron su imagen. Era de tez pálida, cabello espeso, azabache, y ojos de azul intenso. Siempre vestida con tirantes y sandalias. De piel morena, con un olor característico a crema solar.

Sus padres observaron que había hecho amiguitos, y a partir de ese día dejaron que la niña les diese de comer algo de pan. Los pájaros se mostraron agradecidos. Los gorriones cantaron más alegres y las golondrinas describieron hermosos bucles al volar.

Una mañana encontraron a una cría de gorrión en el suelo. Se había caído de su nido, y se le había roto un ala. Malvasía cogió al animalillo malherido con sus pequeñas manitas y lo acarició. Sabía que algo malo le pasaba y unas lágrimas brotaron de sus ojos. Su padre observó esta escena y le conmovió ver a la pequeña tan afectada. Así que decidió que intentaría curarlo. Le desinfectó el ala, la entablilló, vendó, y colocó al animalillo dentro de una caja con agua y comida. Al cabo de unos días, la caja ya estaba vacía. El pequeño gorrión ya se había curado y había echado a volar. Javier, que así se llamaba el padre, se dio cuenta de que desde entonces, su hija solía tener un pajarito en su hombro. El hombre, una persona práctica poco dada a imaginar cosas extrañas, habría jurado que se trataba del gorrión herido.  Pero como todos se parecían tanto, descartó esa idea al momento por considerarla absurda.

Los días de tormenta Malvasía estaba triste y apagada. Miraba a través de la ventana del comedor, esperando que se despejara.  Cuando sus abuelos estaban con ella, le proponían juegos para que se distrajese.  Tras insistir varias veces, conseguían su propósito, y la niña participaba, regalándoles unas cuantas sonrisas. El lugar era confortable, una casa provista de muebles rústicos, paredes color crema y lámparas de luz cálida. Y todo, en su conjunto, proporcionaba una agradable sensación de bienestar a sus habitantes. La abuela, Carlota, era una mujer gruesa y bajita, de grandes mofletes y nariz redonda. Siempre sonriente. El abuelo, Emilio, era calvo y tenía un espeso bigote gris. Se hacía el serio, pero cuando nadie miraba se reía entre dientes.

Si hacía bueno, la llevaban al parque. Se llevaba su cubo y su pala, y disfrutaba rebozándose en la arena. Se subía al columpio, al tobogán… Se lo pasaba en grande. Pero jamás mostró ninguna simpatía hacia los otros niños. Algo que la abuela Carlota no entendía. Pero no quiso darle importancia, porque creyó que eso era cosas de niños.

Por la tarde, llegaban los padres de trabajar, y la niña se ponía algo tonta y mimosa. Con un poco de atención y paciencia, se le pasaba. Entonces iban a dar una vuelta, a comprar… Y así transcurrían los días.
Una noche en la que Malvasía dormía plácidamente, le despertaron algunas voces procedentes del comedor. Cogió su muñeca de trapo entre las manos, salió al pasillo y bajó por las escaleras con cuidado, peldaño a peldaño. Su madre se sorprendió al verla y la cogió en brazos, de inmediato.
                      - Hemos despertado a la niña, ya hablaremos mañana de todo esto…

Ana parecía molesta. Javier, preocupado. La madre acarició el cabello de su hija y la llevó de vuelta a su habitación. Ana se vio reflejada en los ojos azules de la niña, que no había apartado su vista de ella. Recordó lo mucho que se parecían, y que tenía el pelo de su padre. La abrazó fuerte. Le dio un beso, la colocó en la cama, y la tapó con la sábana. Esperó un poquito, hasta que se durmiese, y abandonó la habitación.

Su día a día cambió a partir de entonces. Estuvieron una semana recogiendo cosas y empaquetando. A Malvasía le decían que se iban, pero no entendía nada. Pronto se vio viajando en el coche de su padre. No era la primera vez que iba en él. Pero le inquietó que tardasen tanto en llegar a alguna parte. El paisaje pereció en hermosura conforme iban avanzando quilómetros. Cuando ya le estaba entrando sueño, observó que estaban entrando en la ciudad. Tenía vagos recuerdos de aquel lugar. Todo era gris, el aire espeso, el calor sofocante. Hacía bochorno. Su padre aparcó donde pudo. Los árboles poblaban las aceras de la calle donde estaba situado el edificio en el que vivirían. Lo que le daba un toque de color y de vida a aquel lugar tan sobrio. Pero los pájaros no eran como las otras aves que había conocido. Estaban sucios, enfermos, enclenques… De las ventanas y balcones colgaban algunas jaulas con canarios y periquitos en su interior. Repetían la misma melodía continuamente, como reflejo de su tragedia personal, al vivir en un encierro permanente y no conocer más lugar que ése.

Así que la rutina de la familia se vio totalmente transformada. Malvasía empezó a ir al colegio. Consiguió adaptarse. Se lo pasaba bien con los otros niños, así que esto precisamente no fue lo que la traumatizaba. Desde su llegada a la ciudad, esa alegría que la desbordaba había dejado de existir. Y eso que Ana lo había dejado todo para cuidar de ella, mientras Javier trabajaba. Y recibían continuas visitas de la abuela. Esperaban que transcurriese el tiempo, y que Malvasía volviese a ser la que era. Javier, que era un hombre alto y fuerte, cogía a la niña y la movía de un lado a otro, intentando arrancar esas risas sonoras que tanto echaba en falta. Pero no lo conseguía. Y Ana le hacía cosquillas, pero a la niña habían dejado de hacerle gracia esas cosas. Su comportamiento se parecía más al de un adulto que al de alguien propio de su edad.
Al piso le faltaba iluminación, y algo de decoración. En el fondo, ninguno de ellos lo percibía como un hogar real, aunque tratasen de engañarse a sí mismos y hablasen de las maravillas de no tener bichos, o de no pasar calor allí dentro gracias al aire acondicionado.

Un día fueron a visitar al abuelo Emilio acompañados de la niña. El hombre padecía Alzheimer y lo habían ingresado en una residencia. Estaba en los jardines, sentado en un banco, acompañado de una enfermera. Su calva y su mostacho eran los mismos de siempre. Pero su expresión de cansancio y melancolía le hacían parecer más viejo de lo que en realidad era. Le estaba dando de comer a unas palomas. Tenía la mirada perdida. Cuando llegaron, al principio no reaccionó. Entonces Malvasía le cogió de la mano, y el anciano fijó sus ojos en ella.
                  Esta niña tiene que volver al campo. Aquí no es feliz…

Ana y Javier se miraron asombrados. A pesar de su insistencia, no consiguieron arrancarle más palabras que aquellas.

Tardaron varios días en hacer las maletas y prepararlo todo. Se instalaron de nuevo en la casa del pueblo un fin de semana. Cuando Malvasía pisó el jardín, estalló en sonoras carcajadas. Se tumbó sobre el césped y lo acarició. Los pajarillos se dieron cuenta de su presencia y revolotearon a su alrededor. Ana y Javier contemplaron el espectáculo absolutamente anodadados. Fue un momento mágico.

La madre se quedó a vivir junto a su hija, y la llevaba en coche al colegio. Recuperó su trabajo en una pequeña tienda de artesanía. El padre iba los fines de semana para estar con ellas. La abuela Carlota les visitaba siempre que podía. Afrontaba su tragedia personal con gran entereza, y necesitaba de los abrazos de su nieta y su alegría para sentir que valía la pena seguir viviendo. Los ojos de Malvasía volvían a brillar con la misma intensidad de antes, y su eterna sonrisa había vuelto a sus labios.

Pasaron los años, Malvasía creció. Pasó la adolescencia con sus estados de rebeldía, de reacciones adultas e infantiles, y también con momentos de amor y cariño, hacia su familia y, sobre todo, hacia los pájaros. Pasaba horas hablando con ellos, cuando creía que nadie miraba. Estaba convencida de que la entendían. A penas tenía amigos, sus compañeros de clase la consideraban un bicho raro. Pero a ella no le importaba demasiado. Porque aquellas pequeñas criaturas aladas se encargaban de llenar los vacíos que había en su vida. Ana y Javier, por el contrario, sí que le daban importancia al hecho de que se debía de relacionar con más gente. La presionaban para que quedase con sus compañeros. La llevaban a todos los cumpleaños y otros tipos de celebraciones.  Lo cual provocó un efecto que no era precisamente el que deseaban sus padres… se acabó enamorando de un chico: Guillermo. No era demasiado guapo, pero sí simpático, de buen corazón y poseía un gran sentido del humor. A Malvasía siempre le había gustado reír a carcajadas, y cuando estaba a su lado, llegaba a dolerle hasta la tripa y la mandíbula, de tanta risa que le entraba.

Tuvo la suerte de ser elegida reina de las fiestas del pueblo aquel año. En la noche en la que fue coronada, habían preparado un karaoke para que cantase sobre un escenario en la plaza del ayuntamiento. Ella estaba encantada, vestida como una princesa, y confiaba en que lo haría bien… Además, Guillermo estaría presente. Le hacía muchísima ilusión que la viese allí, deslumbrante. Y estaba tan guapa, y su voz resonó en los altavoces, tan melódica, que… Despertó a todas las aves, las que dormían y las que no. Pronto se vio rodeada de tantos pájaros que a penas se podía distinguir su silueta. Hubo gente que se marchó atemorizada. Otros, se quedaron… Pero la persona que debía de haber permanecido al pie del escenario, no estaba. Guillermo se fue, convencido de que todo lo que le habían dicho de ella era cierto… Nadie aplaudió. Fue algo mágico, que la gente del pueblo jamás comprendió. No sabían qué pensar de aquello. Así que obviaron el suceso, como si jamás hubiese ocurrido, y la mayoría dejó de hablar o tratarse con la familia, de forma definitiva. Para Malvasía, ir a clase se convirtió en una tortura. Por perder su amistad con Guillermo. Y porque o la ignoraban, o se metían con ella. Por suerte, contaba con el apoyo de sus padres y el de su maravillosa abuela, cuya sabiduría y buenos consejos, resultaron ser un bálsamo para su alma. Lo que fue decisivo para que pudiese superarlo.

Al cumplir la mayoría de edad, se hizo montañista. En cuanto tenía ocasión, se escapaba y pasaba todo el tiempo que podía allí, perdida en medio de la naturaleza, en compañía de sus queridos pájaros. Hábito que se vio interrumpido. La noticia del fallecimiento de Emilio llegó repentinamente. Sabían que era algo inevitable y que sucedería tarde o temprano. Pero no por eso fue un suceso menos triste. Carlota se vio muy afectada. Acabó enfermando, a pesar de que todos le dieron su cariño y los cuidados que necesitaba… Nada se podía hacer. Su corazón estaba roto. Javier perdió a su madre un día de tormenta. Y toda la familia se sumió en una profunda tristeza.

Malvasía se volvió una criatura extraña, huraña, salvaje. No le interesaban sus estudios ni le importaban los demás. Construyó un muro a su alrededor para protegerse de la cruda realidad. Se aisló de sus padres, no conseguían mantener una conversación normal con ella. Huía a la montaña continuamente. Esperaban que quizás aquel comportamiento fuese temporal. Le ofrecieron su comprensión y espacio para que se sintiese mejor. Pero la joven mujer no tuvo suficiente.

Y un día no volvió. El pueblo entero se concentró en su búsqueda durante semanas. Los agentes de policía local invirtieron todas sus energías en aquel caso que, lamentablemente, quedó sin resolver. Y cuando Ana y Javier estaban a punto de hundirse en la más profunda desesperación, encontraron un puñado de plumas blancas sobre el lecho de su hija. Se abrazaron, inundados de esperanza, aunque no existiese una explicación coherente a lo sucedido. Y continuaron con sus vidas, llenando el vacío de sus corazones con las historias que habían vivido con ella, en familia, imaginándola feliz rodeada de los pájaros que tanto amaba. Ana era una persona fantasiosa, no le costó nada sumergirse en aquella idea, a ojos de otros, loca. Juan necesitaba creer.

La gente del pueblo suele comentar que en las montañas habita la mujer pájaro, y que en lo más alto, en ocasiones se puede llegar a distinguir la silueta de una muchacha.


lunes, 12 de octubre de 2015

La ciudad es gris

La ciudad es gris. Pero la he visto teñirse de blanco por la nieve. O adoptar los colores del cielo. Me gusta cuando todo se vuelve anaranjado, es más espiritual, y me transporta a algún lugar de Asia, a la India o a un templo budista. Sin embargo, hoy es un día nublado y está empezando a llover. Los edificios se empapan, y sus defectos se vuelven más visibles. Se oscurece el cemento por donde pasa el agua. Las grietas se hacen más profundas. Es como si envejeciesen de repente. Los balcones y ventanas no parecen inmutarse. Permanecen cerrados como si nunca hubiesen sido abiertos. De las barandillas se resbalan las gotas de lluvia, que brillan al reflejarse algún rayo de sol que se cuela entre las nubes.  Como preludio de que pronto despejará.

En este contraste entre claro y oscuro, la luz de los hogares resulta más hermosa aún, y mucho más cálida que en un día cualquiera. Y si hay una cortina recogida, y puedes ver detalles del interior de algún piso, quizás incluso a alguien, resulta reconfortante. Si estuviese en la calle, me embargaría un profundo deseo de cobijarme en ese lugar.  La gente va con prisas, y lleva sus paraguas abiertos. Hay de todos los formatos y colores. La intensa lluvia crea na obra de impresionismo en movimiento. 

La circulación se ha vuelto intensa. Se hace notar el estrés. Un coche hace sonar el claxon. Otro pasa sin respetar a los peatones que cruzan el semáforo en ámbar.  Las retenciones consiguen desesperar a los conductores que intentan ganar tiempo de cualquier manera y se vuelven agresivos. Resulta curioso que para quien observa el tiempo se pare, y para quien corre el tiempo avance de manera vertiginosa. Y viendo todo desde una altura considerable, sientes que todos somos pequeños y vulnerables.                                                                                  

Árbol

Ese árbol ya estaba ahí cuando mis padres vinieron a vivir al piso de uno de los edificios que hay en la plaza. Tuvo que abandonar su patria por la fuerza. Dejó atrás a sus compatriotas y el verde de los campos que le vio nacer. Elegido, salvado de la fuerza imparable de excavadoras y grúas que invadieron su tierra. Enviado para habitar en una urbe gris. Si superó entonces todos esos cambios es porque es un superviviente nato. Y lo demuestra,  al permanecer imponente e inalterable, con sus ramas abrazando el cielo, como un titán inmortal. Quizás después de tantos años, el tiempo le ha tomado cariño y se ha hecho su amigo.

Frente a él, por la carretera, ha pasado tal cantidad de coches, que no habría coleccionista en el mundo capaz de conseguir todos esos vehículos en miniatura. Y las modas han cambiado tanto que no sabe qué pensar sobre nuestra forma de vestir actual. Sé que echa de menos a esos hombres elegantes, con traje, y a esas mujeres arregladas y perfumadas, con  sus  vestidos confeccionados a medida. Porque su alma pertenece a otra época. El grosor de su tronco es considerable, equiparable a sus años vividos. Y como los ancianos que se sientan bajo su sombra, oculta viejas heridas y cicatrices y alberga una cierta melancolía en su interior.

En ésa plaza, ya no están las mismas tiendas que hubo en el pasado. Había una pastelería. Estuvo muchos años abierta, y era un regalo para la vista y los sentidos. El olor de los pasteles invadía cada rincón, y hacía rugir el estómago de los transeúntes. Al árbol le habría gustado dejar de alimentarse de su savia, y haber probado una de esas maravillosas tartas. En Pascua colocaban en uno de los aparadores una “Mona”  muy grande, artesanal,  una obra de arte de chocolate. Cada año era de una temática distinta.  Tristemente, la vida sacrificada del matrimonio de pasteleros hizo mella en la salud de ambos. El negocio pasó a los hijos.  Y siguiendo el transcurso de incontables días y noches, hubo un momento en que la pastelería cerró.

La zapatería era grande. Escondidos entre sus grandes aparadores, unos niños pobres se sentaban allí en ocasiones, con bolsas de plástico para aspirar cola. Si hubiese podido prevenirles, hacerles de padre, proporcionarles un hogar mejor, con mucho gusto el árbol se habría ofrecido a ayudarles. Pero se tuvo que conformar con ser un simple testigo de cuanto acontecía a su alrededor.

Hubo un vagabundo que por un tiempo utilizó ése local para cobijarse. Y, a ratos, se tumbaba en algún banco bajo sus ramas. Solía beber  de un cartón de vino mientras maldecía y hablaba sólo. Como respuesta a tantas quejas  y preguntas filosóficas, sólo obtuvo el sonido del viento en sus hojas.

Los niños del barrio jugaban bajo su atenta mirada. Al “bote, bote”, al “pañuelo”, a “pica pared”, al “escondite”.  Bajaban sus bicicletas para dar una vuelta a la manzana y a su alrededor. También se subían en él. Porque su tronco es corto, fácil de escalar. Dejó de crecer en altura cuando recibió la primera visita de un chaval, y le gustó. Puede que hubiese muchas cosas que no pudiese hacer, pero había algo que sí: hacer felices a los críos. Ganaban en seguridad, al creerse increíblemente ágiles y fuertes por ser capaces de conquistar la cumbre de una de sus ramas. Debe de ser protagonista de innumerables fotos, y, sin embargo, su ego no se ha hecho más grande por eso. Pero no todo ha sido agradable. También ha visto a los niños caerse y llorar.

Él sabe cuál es su papel en medio de tantos edificios. No sólo hace el aire un poco más limpio. Es un refugio para los pájaros. Y les sirve de alimento, cuando sus frutos maduran y caen al suelo. Una vez un gato casero se subió en él, huyendo de otros de su misma especie, asustado por los coches. Se convirtió en su salvador. Y aunque al minino le fue fácil subir, se sintió incapaz de bajar. Mi padre lo rescató. Al árbol le habría gustado colaborar, pero no tenía forma de bajar sus ramas para depositarlo en el suelo. Habría tardado décadas en obrar tal prodigio.

Sus raíces han levantado la acera, tantas veces, que no recuerdo que haya estado lisa nunca, hasta la fecha. Su intención siempre ha sido la de echarse a andar. Al fin y al cabo, la montaña no está tan lejos. Una vez casi mata a unos vecinos que estaban bajo su copa, cuando se rompió una de sus ramas. No era su intención, pero nadie le preguntó. Tras éste incidente, le dejaron “manco”, para evitar futuras desgracias. No es la compañía perfecta. Nadie lo es. Pero sí que es alguien importante. Es un árbol centenario. El único árbol en el que me he llegado a subir y que me ha visto crecer. Me siento orgullosa de haberle conocido.


sábado, 10 de octubre de 2015

Vidas

En el ir y venir de las olas,
los astros miran y contemplan,
vidas que son como perlas
y vidas de espuma gaseosa.

Perlas cuidadas,
limpias, con alma,
que el mar zarandea,
caen y se levantan.

Espuma que se deshace,
entre burbujas sin aire,
rotas... Sueños banales,
que van a ninguna parte.

Hay veleros que navegan,
sobre arrecifes de coral.
Van donde les lleva la marea,
donde el viento sopla más...

Pescadores engañados,
que jamás remaron,
ni cruzaron el mar a nado...
por quien valía la pena cruzarlo.

Se oyen canciones, leyendas,
mentiras, medias verdades,
que hablan de amor, sirenas,
y de parajes inolvidables.

Los marineros las cantan,
alegres, al son del agua.
Les liberan de su pasado,
y de sí mismos son esclavos.

Bien vivieron tiempo atrás,
aunque no quieran recordarlo.
Pobre alma ingenua que ciega,
les cuidó con corazón entregado.

Cantad, cantad, marineros,
bebed, que brindaremos
por quien no hacéis aprecio.
Que esa perla brilla más,
si no hay una sombra en el mar
que oscurezca su claridad.

Ya no quedan lágrimas,
que hagan,
más salado el mar.
Tampoco estrellas,
que guíen,
a quién no quiso mirar...

La luna es juez, y ve,
vidas a plena luz
vidas en la penumbra...
Y la verdad, vislumbra.

sábado, 25 de julio de 2015

Alma en pena

Bailan suavemente las cortinas,
de una casa que está en ruinas,
al son de truenos y pasos ligeros,
tan etéreos, que forman parte del viento.

Se agitan en su melancolía,
recordando tiempos mejores,
mientras cae la lluvia fina,
que moja de lágrimas su tela raída.

Bailan lentamente las cortinas,
de un hogar abandonado.
La suerte dejó de habitarlo,
y sólo quedó la desdicha.

Se agitan en su tragedia,
mientras unas manos se aferran,
fuertemente a ellas,
aunque nadie pueda verlas.

Un alma en pena que no olvida,
que fue la reina de su castillo.
Sin presente,  sin destino,
no ve ruinas, ni telas raídas…

Tan sólo ve… lo que pudo haber sido.

martes, 23 de junio de 2015

Perla

En medio del mar,
perdida entre las olas,
hay una perla hermosa,
brillante, pura, valiosa.

Pero es tan pequeña,
tímida y escurridiza,
que nadie se fija en ella.
Pasa desapercibida.

Los barcos pesqueros,
buscan bancos de peces,
los buques mercantes,
viajan sin detenerse…

Es un viejo pirata,
un patán sabio,
quien sumerge su mano,
y quien la rescata.

Pero al llegar a una aldea,
la vende en una tienda.
¡Cambiada por monedas!
La perla llora de pena.

Va de mano en mano,
hasta llegar a un artesano.
El cual ve su propio llanto,
reflejado en su brillo azulado.

Crea una corona de oro,
y coloca la perla,
al frente, en un trono,
hecho para ella.

Su brillo cambia, ya no es azul,
el arco iris se refleja con la luz.
Color nácar que le ha recordado,
la dificultad de hallar y ser hallado.

Aprendiz

Aprendiz que sin saber de telas,
ni de modas pasadas o venideras,
diseñó un vestido hecho de seda,
de flores bordadas con delicadeza.

Quedó el vestido en el maniquí inerte,
inacabado, con pespuntes y alfileres.
Aprendiz que se despidió de su maestro,
ignorando si poseía destreza o talento.

A veces vuela su pensamiento
y  ve a alguien llevándolo puesto.
Otras veces silencia su corazón
y  lo ve olvidado tal cual lo dejó.

En los cristales de las ventanas,
echa su aliento, y en el vaho,
dibuja el vestido olvidado.
No ha perdido la esperanza.

Si su mundo se resquebraja y se quiebra,
¿dónde está ese mentor de leyenda?
Quizás se extravió, lo engulleron las fieras…
o le queda aún una larga, larga espera.

Campanilla blanca

Jardinero que regó con sus lágrimas amargas,
las semillas de una campanilla blanca.

Brotó de la tierra una enredadera seca,

llena de espinas, con hojas muertas...

Entonces quiso arrancarla de raíz,

y olvidar que una vez estuvo ahí.

Quedó algo de ella entre la fértil tierra,
la lluvia no quiso que su vida se perdiera,
y un tallo verde surgió una mañana.
Campanilla blanca a los pies de una casa,
que una niña encontró y quedó hechizada,
la cuidó con amor y perseverancia.

Campanillas blancas que se aferran,
a las piedras de una casa vieja.
Se cierran cuando la niña enferma,
se abren cuando la niña juega,
mientras el jardinero las observa,
desconocedor de amor y promesas.

Ladrón que roba a escondidas
descubierto por unos ojos tímidos,
quiso evitar que hablara la niña
y provocó forcejeos y gritos,
dentro de esa casa perdida,
en mitad de un bosque maldito.

Enemigo de la luz del día, que huye,
zorro que sabe moverse y se escabulle,
cazador cazado que la culpa elude.
No sabe que tras la puerta de madera,
le están esperando enredaderas secas...
Con sus pinchos su débil carne atraviesan.

Al amanecer la niña, dolorida, se despierta,
y al salir de su casa contempla, boqueabierta,
que ya no hay campanillas blancas,
sólo quedan zarzas secas, sangrientas.
Campanillas blancas, muertas,
que han dado su vida... por ella.


jueves, 1 de enero de 2015

Ser un héroe

Ser un héroe

Un héroe no necesita capa ni espada,
ni tan solo ser famoso y conocido,
su indumentaria es la confianza,
y para defenderse no utiliza los puños.
Puede convencer con una mirada,
secar unos ojos llenos de lágrimas,
arrancar sonrisas ayudando sin más,
Dar apoyo y ser justo, en actos y palabra.

Ser valiente no es arriesgarse,
sobretodo inútilmente.
Ser valiente es enfrentarse,
proteger al inocente.

Un héroe está hecho de carne y hueso,
puede sangrar y tener graves heridas,
pero su espíritu es invencible,
y se levantará, aprendiendo de sus caídas.
Nunca se negará a ofrecer su mano,
nunca mirará hacia otro lado,
porque no es una marioneta
y sabe dónde está su meta.

Quien es realmente valiente,
no lo demuestra continuamente,
con una vez es suficiente…
Cuando te necesiten,
debes dar lo que tienes.

Un heroi

Un heroi no necessita capa ni espasa,
ni tan sols ser famós i conegut,
la seva indumentària és la confiança,
i per defensar-se no utilitza els punys.
Pot convèncer amb una mirada,
arrencar somriures amb el seu ajut,
assecar uns ulls plens de llàgrimes,
donar suport i ser just.

Ser valent no és arriscar-se,
sobretot, inútilment...
Ser valent, és enfrontar-se,
protegir als innocents.

Un heroi està fet de carn i ossos,
pot sagnar, i tenir greus ferides,
però el seu esperit és invencible,
i s’aixecarà, aprenent de les caigudes.
Mai no es negarà a oferir la seva mà,
mai no mirarà cap a un altre costat.
Per què no és una titella que es deixi dirigir,
coneix perfectament quin és el seu camí.

Qui realment és valent,
no ho demostra contínuament,
amb un cop és suficient...
Quan et necessitin,

has de donar el que tens.