lunes, 26 de octubre de 2015

Coraje

Figura dulce y esbelta,
pies que acarician la arena
y manos que escriben en ella
mientras las olas se acercan.

Cabello revuelto, ropa mojada
manos frías y en el aire tormenta,
mirada que reta a la naturaleza,
latidos de un corazón de diosa.

Pero el mar no retrocede
y borra las formas dibujadas
símbolos, palabras y letras
que el agua y la brisa se llevan.

Su cuerpo ha sido derrotado,
sabe que el destino ha hablado,
y en la tragedia de haber perdido
sonríe porque siente que ha ganado.

A través de las ventanas
de toda alma pensativa
se puede ver arena y mar
y algo escrito en la orilla.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Gorrión

Gorrión que deseas ser gaviota,
para volar sobre las olas,
pero tus alas son cortas,
y sólo vas de una rama a otra.

Oyes cantar a los canarios,
e intentas imitar su encanto,
pero careces de su don innato.
Tu silbido es... otro de tantos.

Envidias al búho sabio,
por ser paciente y respetado.
Inquieto como eres,
no puedes estar parado.

Ay, pequeño gorrión pardo,
que ni cantas ni vuelas bien,
que nadie te hace caso
y sigues adelante con fe.

¿Dónde estará tu lugar,
en este mundo complicado?
¿Qué engranaje será
el que te da significado?

Una niña curó tu ala,
te cuidó horas largas.
De ti no esperaba nada,
sólo quería que volaras.

Ocupaste un hueco,
en su corazón tierno.
¡Cumple con su sueño,
y vuela, vuela lejos!

martes, 13 de octubre de 2015

Malvasía

Malvasía era una niña alegre y vivaracha. En cuanto aprendió a caminar, no tardó en correr por el jardín de su casa. A veces pisaba la pequeña huerta y sus padres la reñían. Tenían plantado unos pocos tomates, zanahorias, lechugas… Otras veces se lo pasaba en grande bañándose en la alberca con su madre. El agua estaba limpia y fresca. Vivían en un pueblo que rebosaba vida por todas partes. Así que los pájaros anidaban hasta en los lugares más insospechados. Su canturreo era un agradable sonido ambiental que se escuchaba a quilómetros. Malvasía solía observarles, quieta, curiosa... Al principio, nada más ver su silueta de niña humana, huían de ella.  Y la pequeña se  ponía a llorar. Así que los gorriones dejaron de actuar como les dictaba su naturaleza, y no huyeron más. Permitieron que Malvasía se acercase a ellos. Memorizaron su imagen. Era de tez pálida, cabello espeso, azabache, y ojos de azul intenso. Siempre vestida con tirantes y sandalias. De piel morena, con un olor característico a crema solar.

Sus padres observaron que había hecho amiguitos, y a partir de ese día dejaron que la niña les diese de comer algo de pan. Los pájaros se mostraron agradecidos. Los gorriones cantaron más alegres y las golondrinas describieron hermosos bucles al volar.

Una mañana encontraron a una cría de gorrión en el suelo. Se había caído de su nido, y se le había roto un ala. Malvasía cogió al animalillo malherido con sus pequeñas manitas y lo acarició. Sabía que algo malo le pasaba y unas lágrimas brotaron de sus ojos. Su padre observó esta escena y le conmovió ver a la pequeña tan afectada. Así que decidió que intentaría curarlo. Le desinfectó el ala, la entablilló, vendó, y colocó al animalillo dentro de una caja con agua y comida. Al cabo de unos días, la caja ya estaba vacía. El pequeño gorrión ya se había curado y había echado a volar. Javier, que así se llamaba el padre, se dio cuenta de que desde entonces, su hija solía tener un pajarito en su hombro. El hombre, una persona práctica poco dada a imaginar cosas extrañas, habría jurado que se trataba del gorrión herido.  Pero como todos se parecían tanto, descartó esa idea al momento por considerarla absurda.

Los días de tormenta Malvasía estaba triste y apagada. Miraba a través de la ventana del comedor, esperando que se despejara.  Cuando sus abuelos estaban con ella, le proponían juegos para que se distrajese.  Tras insistir varias veces, conseguían su propósito, y la niña participaba, regalándoles unas cuantas sonrisas. El lugar era confortable, una casa provista de muebles rústicos, paredes color crema y lámparas de luz cálida. Y todo, en su conjunto, proporcionaba una agradable sensación de bienestar a sus habitantes. La abuela, Carlota, era una mujer gruesa y bajita, de grandes mofletes y nariz redonda. Siempre sonriente. El abuelo, Emilio, era calvo y tenía un espeso bigote gris. Se hacía el serio, pero cuando nadie miraba se reía entre dientes.

Si hacía bueno, la llevaban al parque. Se llevaba su cubo y su pala, y disfrutaba rebozándose en la arena. Se subía al columpio, al tobogán… Se lo pasaba en grande. Pero jamás mostró ninguna simpatía hacia los otros niños. Algo que la abuela Carlota no entendía. Pero no quiso darle importancia, porque creyó que eso era cosas de niños.

Por la tarde, llegaban los padres de trabajar, y la niña se ponía algo tonta y mimosa. Con un poco de atención y paciencia, se le pasaba. Entonces iban a dar una vuelta, a comprar… Y así transcurrían los días.
Una noche en la que Malvasía dormía plácidamente, le despertaron algunas voces procedentes del comedor. Cogió su muñeca de trapo entre las manos, salió al pasillo y bajó por las escaleras con cuidado, peldaño a peldaño. Su madre se sorprendió al verla y la cogió en brazos, de inmediato.
                      - Hemos despertado a la niña, ya hablaremos mañana de todo esto…

Ana parecía molesta. Javier, preocupado. La madre acarició el cabello de su hija y la llevó de vuelta a su habitación. Ana se vio reflejada en los ojos azules de la niña, que no había apartado su vista de ella. Recordó lo mucho que se parecían, y que tenía el pelo de su padre. La abrazó fuerte. Le dio un beso, la colocó en la cama, y la tapó con la sábana. Esperó un poquito, hasta que se durmiese, y abandonó la habitación.

Su día a día cambió a partir de entonces. Estuvieron una semana recogiendo cosas y empaquetando. A Malvasía le decían que se iban, pero no entendía nada. Pronto se vio viajando en el coche de su padre. No era la primera vez que iba en él. Pero le inquietó que tardasen tanto en llegar a alguna parte. El paisaje pereció en hermosura conforme iban avanzando quilómetros. Cuando ya le estaba entrando sueño, observó que estaban entrando en la ciudad. Tenía vagos recuerdos de aquel lugar. Todo era gris, el aire espeso, el calor sofocante. Hacía bochorno. Su padre aparcó donde pudo. Los árboles poblaban las aceras de la calle donde estaba situado el edificio en el que vivirían. Lo que le daba un toque de color y de vida a aquel lugar tan sobrio. Pero los pájaros no eran como las otras aves que había conocido. Estaban sucios, enfermos, enclenques… De las ventanas y balcones colgaban algunas jaulas con canarios y periquitos en su interior. Repetían la misma melodía continuamente, como reflejo de su tragedia personal, al vivir en un encierro permanente y no conocer más lugar que ése.

Así que la rutina de la familia se vio totalmente transformada. Malvasía empezó a ir al colegio. Consiguió adaptarse. Se lo pasaba bien con los otros niños, así que esto precisamente no fue lo que la traumatizaba. Desde su llegada a la ciudad, esa alegría que la desbordaba había dejado de existir. Y eso que Ana lo había dejado todo para cuidar de ella, mientras Javier trabajaba. Y recibían continuas visitas de la abuela. Esperaban que transcurriese el tiempo, y que Malvasía volviese a ser la que era. Javier, que era un hombre alto y fuerte, cogía a la niña y la movía de un lado a otro, intentando arrancar esas risas sonoras que tanto echaba en falta. Pero no lo conseguía. Y Ana le hacía cosquillas, pero a la niña habían dejado de hacerle gracia esas cosas. Su comportamiento se parecía más al de un adulto que al de alguien propio de su edad.
Al piso le faltaba iluminación, y algo de decoración. En el fondo, ninguno de ellos lo percibía como un hogar real, aunque tratasen de engañarse a sí mismos y hablasen de las maravillas de no tener bichos, o de no pasar calor allí dentro gracias al aire acondicionado.

Un día fueron a visitar al abuelo Emilio acompañados de la niña. El hombre padecía Alzheimer y lo habían ingresado en una residencia. Estaba en los jardines, sentado en un banco, acompañado de una enfermera. Su calva y su mostacho eran los mismos de siempre. Pero su expresión de cansancio y melancolía le hacían parecer más viejo de lo que en realidad era. Le estaba dando de comer a unas palomas. Tenía la mirada perdida. Cuando llegaron, al principio no reaccionó. Entonces Malvasía le cogió de la mano, y el anciano fijó sus ojos en ella.
                  Esta niña tiene que volver al campo. Aquí no es feliz…

Ana y Javier se miraron asombrados. A pesar de su insistencia, no consiguieron arrancarle más palabras que aquellas.

Tardaron varios días en hacer las maletas y prepararlo todo. Se instalaron de nuevo en la casa del pueblo un fin de semana. Cuando Malvasía pisó el jardín, estalló en sonoras carcajadas. Se tumbó sobre el césped y lo acarició. Los pajarillos se dieron cuenta de su presencia y revolotearon a su alrededor. Ana y Javier contemplaron el espectáculo absolutamente anodadados. Fue un momento mágico.

La madre se quedó a vivir junto a su hija, y la llevaba en coche al colegio. Recuperó su trabajo en una pequeña tienda de artesanía. El padre iba los fines de semana para estar con ellas. La abuela Carlota les visitaba siempre que podía. Afrontaba su tragedia personal con gran entereza, y necesitaba de los abrazos de su nieta y su alegría para sentir que valía la pena seguir viviendo. Los ojos de Malvasía volvían a brillar con la misma intensidad de antes, y su eterna sonrisa había vuelto a sus labios.

Pasaron los años, Malvasía creció. Pasó la adolescencia con sus estados de rebeldía, de reacciones adultas e infantiles, y también con momentos de amor y cariño, hacia su familia y, sobre todo, hacia los pájaros. Pasaba horas hablando con ellos, cuando creía que nadie miraba. Estaba convencida de que la entendían. A penas tenía amigos, sus compañeros de clase la consideraban un bicho raro. Pero a ella no le importaba demasiado. Porque aquellas pequeñas criaturas aladas se encargaban de llenar los vacíos que había en su vida. Ana y Javier, por el contrario, sí que le daban importancia al hecho de que se debía de relacionar con más gente. La presionaban para que quedase con sus compañeros. La llevaban a todos los cumpleaños y otros tipos de celebraciones.  Lo cual provocó un efecto que no era precisamente el que deseaban sus padres… se acabó enamorando de un chico: Guillermo. No era demasiado guapo, pero sí simpático, de buen corazón y poseía un gran sentido del humor. A Malvasía siempre le había gustado reír a carcajadas, y cuando estaba a su lado, llegaba a dolerle hasta la tripa y la mandíbula, de tanta risa que le entraba.

Tuvo la suerte de ser elegida reina de las fiestas del pueblo aquel año. En la noche en la que fue coronada, habían preparado un karaoke para que cantase sobre un escenario en la plaza del ayuntamiento. Ella estaba encantada, vestida como una princesa, y confiaba en que lo haría bien… Además, Guillermo estaría presente. Le hacía muchísima ilusión que la viese allí, deslumbrante. Y estaba tan guapa, y su voz resonó en los altavoces, tan melódica, que… Despertó a todas las aves, las que dormían y las que no. Pronto se vio rodeada de tantos pájaros que a penas se podía distinguir su silueta. Hubo gente que se marchó atemorizada. Otros, se quedaron… Pero la persona que debía de haber permanecido al pie del escenario, no estaba. Guillermo se fue, convencido de que todo lo que le habían dicho de ella era cierto… Nadie aplaudió. Fue algo mágico, que la gente del pueblo jamás comprendió. No sabían qué pensar de aquello. Así que obviaron el suceso, como si jamás hubiese ocurrido, y la mayoría dejó de hablar o tratarse con la familia, de forma definitiva. Para Malvasía, ir a clase se convirtió en una tortura. Por perder su amistad con Guillermo. Y porque o la ignoraban, o se metían con ella. Por suerte, contaba con el apoyo de sus padres y el de su maravillosa abuela, cuya sabiduría y buenos consejos, resultaron ser un bálsamo para su alma. Lo que fue decisivo para que pudiese superarlo.

Al cumplir la mayoría de edad, se hizo montañista. En cuanto tenía ocasión, se escapaba y pasaba todo el tiempo que podía allí, perdida en medio de la naturaleza, en compañía de sus queridos pájaros. Hábito que se vio interrumpido. La noticia del fallecimiento de Emilio llegó repentinamente. Sabían que era algo inevitable y que sucedería tarde o temprano. Pero no por eso fue un suceso menos triste. Carlota se vio muy afectada. Acabó enfermando, a pesar de que todos le dieron su cariño y los cuidados que necesitaba… Nada se podía hacer. Su corazón estaba roto. Javier perdió a su madre un día de tormenta. Y toda la familia se sumió en una profunda tristeza.

Malvasía se volvió una criatura extraña, huraña, salvaje. No le interesaban sus estudios ni le importaban los demás. Construyó un muro a su alrededor para protegerse de la cruda realidad. Se aisló de sus padres, no conseguían mantener una conversación normal con ella. Huía a la montaña continuamente. Esperaban que quizás aquel comportamiento fuese temporal. Le ofrecieron su comprensión y espacio para que se sintiese mejor. Pero la joven mujer no tuvo suficiente.

Y un día no volvió. El pueblo entero se concentró en su búsqueda durante semanas. Los agentes de policía local invirtieron todas sus energías en aquel caso que, lamentablemente, quedó sin resolver. Y cuando Ana y Javier estaban a punto de hundirse en la más profunda desesperación, encontraron un puñado de plumas blancas sobre el lecho de su hija. Se abrazaron, inundados de esperanza, aunque no existiese una explicación coherente a lo sucedido. Y continuaron con sus vidas, llenando el vacío de sus corazones con las historias que habían vivido con ella, en familia, imaginándola feliz rodeada de los pájaros que tanto amaba. Ana era una persona fantasiosa, no le costó nada sumergirse en aquella idea, a ojos de otros, loca. Juan necesitaba creer.

La gente del pueblo suele comentar que en las montañas habita la mujer pájaro, y que en lo más alto, en ocasiones se puede llegar a distinguir la silueta de una muchacha.


lunes, 12 de octubre de 2015

La ciudad es gris

La ciudad es gris. Pero la he visto teñirse de blanco por la nieve. O adoptar los colores del cielo. Me gusta cuando todo se vuelve anaranjado, es más espiritual, y me transporta a algún lugar de Asia, a la India o a un templo budista. Sin embargo, hoy es un día nublado y está empezando a llover. Los edificios se empapan, y sus defectos se vuelven más visibles. Se oscurece el cemento por donde pasa el agua. Las grietas se hacen más profundas. Es como si envejeciesen de repente. Los balcones y ventanas no parecen inmutarse. Permanecen cerrados como si nunca hubiesen sido abiertos. De las barandillas se resbalan las gotas de lluvia, que brillan al reflejarse algún rayo de sol que se cuela entre las nubes.  Como preludio de que pronto despejará.

En este contraste entre claro y oscuro, la luz de los hogares resulta más hermosa aún, y mucho más cálida que en un día cualquiera. Y si hay una cortina recogida, y puedes ver detalles del interior de algún piso, quizás incluso a alguien, resulta reconfortante. Si estuviese en la calle, me embargaría un profundo deseo de cobijarme en ese lugar.  La gente va con prisas, y lleva sus paraguas abiertos. Hay de todos los formatos y colores. La intensa lluvia crea na obra de impresionismo en movimiento. 

La circulación se ha vuelto intensa. Se hace notar el estrés. Un coche hace sonar el claxon. Otro pasa sin respetar a los peatones que cruzan el semáforo en ámbar.  Las retenciones consiguen desesperar a los conductores que intentan ganar tiempo de cualquier manera y se vuelven agresivos. Resulta curioso que para quien observa el tiempo se pare, y para quien corre el tiempo avance de manera vertiginosa. Y viendo todo desde una altura considerable, sientes que todos somos pequeños y vulnerables.                                                                                  

Árbol

Ese árbol ya estaba ahí cuando mis padres vinieron a vivir al piso de uno de los edificios que hay en la plaza. Tuvo que abandonar su patria por la fuerza. Dejó atrás a sus compatriotas y el verde de los campos que le vio nacer. Elegido, salvado de la fuerza imparable de excavadoras y grúas que invadieron su tierra. Enviado para habitar en una urbe gris. Si superó entonces todos esos cambios es porque es un superviviente nato. Y lo demuestra,  al permanecer imponente e inalterable, con sus ramas abrazando el cielo, como un titán inmortal. Quizás después de tantos años, el tiempo le ha tomado cariño y se ha hecho su amigo.

Frente a él, por la carretera, ha pasado tal cantidad de coches, que no habría coleccionista en el mundo capaz de conseguir todos esos vehículos en miniatura. Y las modas han cambiado tanto que no sabe qué pensar sobre nuestra forma de vestir actual. Sé que echa de menos a esos hombres elegantes, con traje, y a esas mujeres arregladas y perfumadas, con  sus  vestidos confeccionados a medida. Porque su alma pertenece a otra época. El grosor de su tronco es considerable, equiparable a sus años vividos. Y como los ancianos que se sientan bajo su sombra, oculta viejas heridas y cicatrices y alberga una cierta melancolía en su interior.

En ésa plaza, ya no están las mismas tiendas que hubo en el pasado. Había una pastelería. Estuvo muchos años abierta, y era un regalo para la vista y los sentidos. El olor de los pasteles invadía cada rincón, y hacía rugir el estómago de los transeúntes. Al árbol le habría gustado dejar de alimentarse de su savia, y haber probado una de esas maravillosas tartas. En Pascua colocaban en uno de los aparadores una “Mona”  muy grande, artesanal,  una obra de arte de chocolate. Cada año era de una temática distinta.  Tristemente, la vida sacrificada del matrimonio de pasteleros hizo mella en la salud de ambos. El negocio pasó a los hijos.  Y siguiendo el transcurso de incontables días y noches, hubo un momento en que la pastelería cerró.

La zapatería era grande. Escondidos entre sus grandes aparadores, unos niños pobres se sentaban allí en ocasiones, con bolsas de plástico para aspirar cola. Si hubiese podido prevenirles, hacerles de padre, proporcionarles un hogar mejor, con mucho gusto el árbol se habría ofrecido a ayudarles. Pero se tuvo que conformar con ser un simple testigo de cuanto acontecía a su alrededor.

Hubo un vagabundo que por un tiempo utilizó ése local para cobijarse. Y, a ratos, se tumbaba en algún banco bajo sus ramas. Solía beber  de un cartón de vino mientras maldecía y hablaba sólo. Como respuesta a tantas quejas  y preguntas filosóficas, sólo obtuvo el sonido del viento en sus hojas.

Los niños del barrio jugaban bajo su atenta mirada. Al “bote, bote”, al “pañuelo”, a “pica pared”, al “escondite”.  Bajaban sus bicicletas para dar una vuelta a la manzana y a su alrededor. También se subían en él. Porque su tronco es corto, fácil de escalar. Dejó de crecer en altura cuando recibió la primera visita de un chaval, y le gustó. Puede que hubiese muchas cosas que no pudiese hacer, pero había algo que sí: hacer felices a los críos. Ganaban en seguridad, al creerse increíblemente ágiles y fuertes por ser capaces de conquistar la cumbre de una de sus ramas. Debe de ser protagonista de innumerables fotos, y, sin embargo, su ego no se ha hecho más grande por eso. Pero no todo ha sido agradable. También ha visto a los niños caerse y llorar.

Él sabe cuál es su papel en medio de tantos edificios. No sólo hace el aire un poco más limpio. Es un refugio para los pájaros. Y les sirve de alimento, cuando sus frutos maduran y caen al suelo. Una vez un gato casero se subió en él, huyendo de otros de su misma especie, asustado por los coches. Se convirtió en su salvador. Y aunque al minino le fue fácil subir, se sintió incapaz de bajar. Mi padre lo rescató. Al árbol le habría gustado colaborar, pero no tenía forma de bajar sus ramas para depositarlo en el suelo. Habría tardado décadas en obrar tal prodigio.

Sus raíces han levantado la acera, tantas veces, que no recuerdo que haya estado lisa nunca, hasta la fecha. Su intención siempre ha sido la de echarse a andar. Al fin y al cabo, la montaña no está tan lejos. Una vez casi mata a unos vecinos que estaban bajo su copa, cuando se rompió una de sus ramas. No era su intención, pero nadie le preguntó. Tras éste incidente, le dejaron “manco”, para evitar futuras desgracias. No es la compañía perfecta. Nadie lo es. Pero sí que es alguien importante. Es un árbol centenario. El único árbol en el que me he llegado a subir y que me ha visto crecer. Me siento orgullosa de haberle conocido.


sábado, 10 de octubre de 2015

Vidas

En el ir y venir de las olas,
los astros miran y contemplan,
vidas que son como perlas
y vidas de espuma gaseosa.

Perlas cuidadas,
limpias, con alma,
que el mar zarandea,
caen y se levantan.

Espuma que se deshace,
entre burbujas sin aire,
rotas... Sueños banales,
que van a ninguna parte.

Hay veleros que navegan,
sobre arrecifes de coral.
Van donde les lleva la marea,
donde el viento sopla más...

Pescadores engañados,
que jamás remaron,
ni cruzaron el mar a nado...
por quien valía la pena cruzarlo.

Se oyen canciones, leyendas,
mentiras, medias verdades,
que hablan de amor, sirenas,
y de parajes inolvidables.

Los marineros las cantan,
alegres, al son del agua.
Les liberan de su pasado,
y de sí mismos son esclavos.

Bien vivieron tiempo atrás,
aunque no quieran recordarlo.
Pobre alma ingenua que ciega,
les cuidó con corazón entregado.

Cantad, cantad, marineros,
bebed, que brindaremos
por quien no hacéis aprecio.
Que esa perla brilla más,
si no hay una sombra en el mar
que oscurezca su claridad.

Ya no quedan lágrimas,
que hagan,
más salado el mar.
Tampoco estrellas,
que guíen,
a quién no quiso mirar...

La luna es juez, y ve,
vidas a plena luz
vidas en la penumbra...
Y la verdad, vislumbra.