Malvasía era una niña alegre y vivaracha. En cuanto aprendió
a caminar, no tardó en correr por el jardín de su casa. A veces pisaba la
pequeña huerta y sus padres la reñían. Tenían plantado unos pocos tomates,
zanahorias, lechugas… Otras veces se lo pasaba en grande bañándose en la
alberca con su madre. El agua estaba limpia y fresca. Vivían en un pueblo que rebosaba
vida por todas partes. Así que los pájaros anidaban hasta en los lugares más insospechados.
Su canturreo era un agradable sonido ambiental que se escuchaba a quilómetros.
Malvasía solía observarles, quieta, curiosa... Al principio, nada más ver su
silueta de niña humana, huían de ella. Y
la pequeña se ponía a llorar. Así que
los gorriones dejaron de actuar como les dictaba su naturaleza, y no huyeron
más. Permitieron que Malvasía se acercase a ellos. Memorizaron su imagen. Era
de tez pálida, cabello espeso, azabache, y ojos de azul intenso. Siempre
vestida con tirantes y sandalias. De piel morena, con un olor característico a
crema solar.
Sus padres observaron que había hecho amiguitos, y a partir
de ese día dejaron que la niña les diese de comer algo de pan. Los pájaros se
mostraron agradecidos. Los gorriones cantaron más alegres y las golondrinas describieron
hermosos bucles al volar.
Una mañana encontraron a una cría de gorrión en el suelo. Se
había caído de su nido, y se le había roto un ala. Malvasía cogió al animalillo
malherido con sus pequeñas manitas y lo acarició. Sabía que algo malo le pasaba
y unas lágrimas brotaron de sus ojos. Su padre observó esta escena y le
conmovió ver a la pequeña tan afectada. Así que decidió que intentaría curarlo.
Le desinfectó el ala, la entablilló, vendó, y colocó al animalillo dentro de
una caja con agua y comida. Al cabo de unos días, la caja ya estaba vacía. El
pequeño gorrión ya se había curado y había echado a volar. Javier, que así se
llamaba el padre, se dio cuenta de que desde entonces, su hija solía tener un
pajarito en su hombro. El hombre, una persona práctica poco dada a imaginar
cosas extrañas, habría jurado que se trataba del gorrión herido. Pero como todos se parecían tanto, descartó
esa idea al momento por considerarla absurda.
Los días de tormenta Malvasía estaba triste y apagada.
Miraba a través de la ventana del comedor, esperando que se despejara. Cuando sus abuelos estaban con ella, le
proponían juegos para que se distrajese. Tras insistir varias veces, conseguían su
propósito, y la niña participaba, regalándoles unas cuantas sonrisas. El lugar
era confortable, una casa provista de muebles rústicos, paredes color crema y
lámparas de luz cálida. Y todo, en su conjunto, proporcionaba una agradable
sensación de bienestar a sus habitantes. La abuela, Carlota, era una mujer
gruesa y bajita, de grandes mofletes y nariz redonda. Siempre sonriente. El
abuelo, Emilio, era calvo y tenía un espeso bigote gris. Se hacía el serio,
pero cuando nadie miraba se reía entre dientes.
Si hacía bueno, la llevaban al parque. Se llevaba su cubo y
su pala, y disfrutaba rebozándose en la arena. Se subía al columpio, al
tobogán… Se lo pasaba en grande. Pero jamás mostró ninguna simpatía hacia los
otros niños. Algo que la abuela Carlota no entendía. Pero no quiso darle
importancia, porque creyó que eso era cosas de niños.
Por la tarde, llegaban los padres de trabajar, y la niña se
ponía algo tonta y mimosa. Con un poco de atención y paciencia, se le pasaba. Entonces
iban a dar una vuelta, a comprar… Y así transcurrían los días.
Una noche en la que Malvasía dormía plácidamente, le
despertaron algunas voces procedentes del comedor. Cogió su muñeca de trapo
entre las manos, salió al pasillo y bajó por las escaleras con cuidado, peldaño
a peldaño. Su madre se sorprendió al verla y la cogió en brazos, de inmediato.
- Hemos despertado a la niña, ya hablaremos mañana
de todo esto…
Ana parecía molesta. Javier, preocupado. La madre acarició
el cabello de su hija y la llevó de vuelta a su habitación. Ana se vio
reflejada en los ojos azules de la niña, que no había apartado su vista de
ella. Recordó lo mucho que se parecían, y que tenía el pelo de su padre. La
abrazó fuerte. Le dio un beso, la colocó en la cama, y la tapó con la sábana.
Esperó un poquito, hasta que se durmiese, y abandonó la habitación.
Su día a día cambió a partir de entonces. Estuvieron una
semana recogiendo cosas y empaquetando. A Malvasía le decían que se iban, pero
no entendía nada. Pronto se vio viajando en el coche de su padre. No era la
primera vez que iba en él. Pero le inquietó que tardasen tanto en llegar a alguna
parte. El paisaje pereció en hermosura conforme iban avanzando quilómetros.
Cuando ya le estaba entrando sueño, observó que estaban entrando en la ciudad.
Tenía vagos recuerdos de aquel lugar. Todo era gris, el aire espeso, el calor
sofocante. Hacía bochorno. Su padre aparcó donde pudo. Los árboles poblaban las
aceras de la calle donde estaba situado el edificio en el que vivirían. Lo que
le daba un toque de color y de vida a aquel lugar tan sobrio. Pero los pájaros
no eran como las otras aves que había conocido. Estaban sucios, enfermos,
enclenques… De las ventanas y balcones colgaban algunas jaulas con canarios y
periquitos en su interior. Repetían la misma melodía continuamente, como reflejo
de su tragedia personal, al vivir en un encierro permanente y no conocer más
lugar que ése.
Así que la rutina de la familia se vio totalmente
transformada. Malvasía empezó a ir al colegio. Consiguió adaptarse. Se lo
pasaba bien con los otros niños, así que esto precisamente no fue lo que la
traumatizaba. Desde su llegada a la ciudad, esa alegría que la desbordaba había
dejado de existir. Y eso que Ana lo había dejado todo para cuidar de ella,
mientras Javier trabajaba. Y recibían continuas visitas de la abuela. Esperaban
que transcurriese el tiempo, y que Malvasía volviese a ser la que era. Javier,
que era un hombre alto y fuerte, cogía a la niña y la movía de un lado a otro,
intentando arrancar esas risas sonoras que tanto echaba en falta. Pero no lo
conseguía. Y Ana le hacía cosquillas, pero a la niña habían dejado de hacerle
gracia esas cosas. Su comportamiento se parecía más al de un adulto que al de
alguien propio de su edad.
Al piso le faltaba iluminación, y algo de decoración. En el
fondo, ninguno de ellos lo percibía como un hogar real, aunque tratasen de
engañarse a sí mismos y hablasen de las maravillas de no tener bichos, o de no
pasar calor allí dentro gracias al aire acondicionado.
Un día fueron a visitar al abuelo Emilio acompañados de la
niña. El hombre padecía Alzheimer y lo habían ingresado en una residencia.
Estaba en los jardines, sentado en un banco, acompañado de una enfermera. Su
calva y su mostacho eran los mismos de siempre. Pero su expresión de cansancio
y melancolía le hacían parecer más viejo de lo que en realidad era. Le estaba
dando de comer a unas palomas. Tenía la mirada perdida. Cuando llegaron, al
principio no reaccionó. Entonces Malvasía le cogió de la mano, y el anciano
fijó sus ojos en ella.
- Esta niña tiene que volver al campo. Aquí no es
feliz…
Ana y Javier se miraron asombrados. A pesar de su
insistencia, no consiguieron arrancarle más palabras que aquellas.
Tardaron varios días en hacer las maletas y prepararlo todo.
Se instalaron de nuevo en la casa del pueblo un fin de semana. Cuando Malvasía
pisó el jardín, estalló en sonoras carcajadas. Se tumbó sobre el césped y lo
acarició. Los pajarillos se dieron cuenta de su presencia y revolotearon a su
alrededor. Ana y Javier contemplaron el espectáculo absolutamente anodadados. Fue
un momento mágico.
La madre se quedó a vivir junto a su hija, y la llevaba en
coche al colegio. Recuperó su trabajo en una pequeña tienda de artesanía. El
padre iba los fines de semana para estar con ellas. La abuela Carlota les
visitaba siempre que podía. Afrontaba su tragedia personal con gran entereza, y
necesitaba de los abrazos de su nieta y su alegría para sentir que valía la
pena seguir viviendo. Los ojos de Malvasía volvían a brillar con la misma
intensidad de antes, y su eterna sonrisa había vuelto a sus labios.
Pasaron los años, Malvasía creció. Pasó la adolescencia con
sus estados de rebeldía, de reacciones adultas e infantiles, y también con
momentos de amor y cariño, hacia su familia y, sobre todo, hacia los pájaros.
Pasaba horas hablando con ellos, cuando creía que nadie miraba. Estaba
convencida de que la entendían. A penas tenía amigos, sus compañeros de clase
la consideraban un bicho raro. Pero a ella no le importaba demasiado. Porque
aquellas pequeñas criaturas aladas se encargaban de llenar los vacíos que había
en su vida. Ana y Javier, por el contrario, sí que le daban importancia al
hecho de que se debía de relacionar con más gente. La presionaban para que quedase
con sus compañeros. La llevaban a todos los cumpleaños y otros tipos de
celebraciones. Lo cual provocó un efecto
que no era precisamente el que deseaban sus padres… se acabó enamorando de un
chico: Guillermo. No era demasiado guapo, pero sí simpático, de buen corazón y
poseía un gran sentido del humor. A Malvasía siempre le había gustado reír a
carcajadas, y cuando estaba a su lado, llegaba a dolerle hasta la tripa y la
mandíbula, de tanta risa que le entraba.
Tuvo la suerte de ser elegida reina de las fiestas del
pueblo aquel año. En la noche en la que fue coronada, habían preparado un
karaoke para que cantase sobre un escenario en la plaza del ayuntamiento. Ella
estaba encantada, vestida como una princesa, y confiaba en que lo haría bien…
Además, Guillermo estaría presente. Le hacía muchísima ilusión que la viese
allí, deslumbrante. Y estaba tan guapa, y su voz resonó en los altavoces, tan
melódica, que… Despertó a todas las aves, las que dormían y las que no. Pronto
se vio rodeada de tantos pájaros que a penas se podía distinguir su silueta.
Hubo gente que se marchó atemorizada. Otros, se quedaron… Pero la persona que
debía de haber permanecido al pie del escenario, no estaba. Guillermo se fue,
convencido de que todo lo que le habían dicho de ella era cierto… Nadie
aplaudió. Fue algo mágico, que la gente del pueblo jamás comprendió. No sabían
qué pensar de aquello. Así que obviaron el suceso, como si jamás hubiese
ocurrido, y la mayoría dejó de hablar o tratarse con la familia, de forma
definitiva. Para Malvasía, ir a clase se convirtió en una tortura. Por perder
su amistad con Guillermo. Y porque o la ignoraban, o se metían con ella. Por
suerte, contaba con el apoyo de sus padres y el de su maravillosa abuela, cuya
sabiduría y buenos consejos, resultaron ser un bálsamo para su alma. Lo que fue
decisivo para que pudiese superarlo.
Al cumplir la mayoría de edad, se hizo montañista. En cuanto
tenía ocasión, se escapaba y pasaba todo el tiempo que podía allí, perdida en
medio de la naturaleza, en compañía de sus queridos pájaros. Hábito que se vio
interrumpido. La noticia del fallecimiento de Emilio llegó repentinamente.
Sabían que era algo inevitable y que sucedería tarde o temprano. Pero no por
eso fue un suceso menos triste. Carlota se vio muy afectada. Acabó enfermando,
a pesar de que todos le dieron su cariño y los cuidados que necesitaba… Nada se
podía hacer. Su corazón estaba roto. Javier perdió a su madre un día de tormenta.
Y toda la familia se sumió en una profunda tristeza.
Malvasía se volvió una criatura extraña, huraña, salvaje. No
le interesaban sus estudios ni le importaban los demás. Construyó un muro a su
alrededor para protegerse de la cruda realidad. Se aisló de sus padres, no
conseguían mantener una conversación normal con ella. Huía a la montaña
continuamente. Esperaban que quizás aquel comportamiento fuese temporal. Le ofrecieron
su comprensión y espacio para que se sintiese mejor. Pero la joven mujer no tuvo
suficiente.
Y un día no volvió. El pueblo entero se concentró en su
búsqueda durante semanas. Los agentes de policía local invirtieron todas sus
energías en aquel caso que, lamentablemente, quedó sin resolver. Y cuando Ana y
Javier estaban a punto de hundirse en la más profunda desesperación,
encontraron un puñado de plumas blancas sobre el lecho de su hija. Se abrazaron,
inundados de esperanza, aunque no existiese una explicación coherente a lo
sucedido. Y continuaron con sus vidas, llenando el vacío de sus corazones con
las historias que habían vivido con ella, en familia, imaginándola feliz
rodeada de los pájaros que tanto amaba. Ana era una persona fantasiosa, no le
costó nada sumergirse en aquella idea, a ojos de otros, loca. Juan necesitaba
creer.
La gente del pueblo suele comentar que en las montañas
habita la mujer pájaro, y que en lo más alto, en ocasiones se puede llegar a
distinguir la silueta de una muchacha.