Dejé tras mi paso un reguero de vida
de hojas verdes, de esperanza, verde
porque la vida valía la pena vivirla.
Y unas manos necias arracaron
lo que había crecido en siglos
sin apreciar un ápice su contenido.
Lloré solo una vez con rugiente rabia
juré que mi dolor sería oído hasta en el cielo
y los rayos quebraron el firmamento entero.
Se rompió la tierra y de ella brotó fuego
y una maldición cayó sobre todos aquellos
que maltratasen lo que nació de nuevo.
Cuando se desbordan los ríos,
cuando las olas reclaman caminos,
es porque van en busca de los malditos.