Parecía fuerte y confiada
un castillo de piedra caliza
con su inexpugnable muralla
donde la tormenta no tenía cabida.
Parecía valiente, sin miedo a nada,
la reina de su magnífica isla
sin nadie que se atreviese a cuestionarla
dueña de todo lo que había.
Pero bajo su disfraz bien trabajado
de delicados bordados y pedrería
existía un corazón humano
que todavía latía.
Se le olvidó cuidarlo, escucharlo
y su piel se fue volviendo más fría
aún teniendo su cuerpo abrigado
aunque caminase bajo el sol de día.
Muñeca de cartón
y porcelana fina,
frágil, quebradiza,
igual que su corazón...
Que se negó a latir un día.