Érase una vez un alma diferente
de un diente de león silvestre...
El viento esparció sus semillas,
dejándola rota y dividida.
Reencarnada, nació incompleta,
y se cuestionó su existencia
porque su pecho estaba vacío,
albergaba en él un abismo.
Recorre la tierra
en una búsqueda eterna.
Se llena cuando encuentra
una parte de ella.
A veces en palabras
o en tan sólo una mirada.
Otras en un gesto atento
o en un abrazo tierno.
Si le sonríe la suerte
siente una emoción tan fuerte
que la oprime, atraviesa,
la rebosa y la completa.
Pero esos momentos pasan.
Hechos de arena en agua,
se deshacen si la marea sube
y vuelven cuando ya no cubre.
En sus noches de desvelo,
le invade el febril deseo,
de contarle historias al cielo
que tiene grabadas a fuego.
No, no está tan loca,
la cordura tapa su boca,
encadena sus pies descalzos,
y aún así, sigue andando.
Espectadora del tiempo,
teje su destino incierto
con los hilos del pensamiento
donde sobreviven sus sueños.