Las estrellas le dieron aliento
para que cuando fuese a nacer
acogiese el aire en su pecho
y respirase por primera vez.
Su diminuto cuerpo se movía,
dentro del abrigo de unos brazos
los besos y caricias la envolvían...
Enero se convirtió en marzo.
Habitaba en ella un universo,
donde la vida estaba creciendo,
temblaba con los deshielos,
lloraba al quebrase su suelo.
Fuera, las encinas le saludaban,
el viento removía su pelo,
la hierba le salpicaba rocío,
el jazmín perfumaba su cielo.
El mar, a veces, se enfadaba
con el arañazo de los rayos,
la arena le molestaba en la cara
la sal le quemaba los labios.
Fue la crueldad de unos ojos,
la maldad hecha palabra,
el mordisco de un enojo,
lo que le dolió más que nada.
Ni en el mar más profundo,
ni en el bosque más denso,
había oscuridad más negra,
que la de quien daña queriendo.
Las estrellas le dieron aliento,
para que cuando fuese a caer,
acogiese el aire en su pecho
y respirase por segunda vez.
La luz la iluminó por dentro
y en los dos pozos negros
de su mirada ausente
brillaron soles ardientes.
Ya no había sombra proyectada
que cubriese su iluminada figura
ni una mirada punzante
que su corazón desgarrase.
Prosiguió su largo camino
hasta la mítica cascada final
y en vez de precipitarae al vacío
fue cometa de vuelo estelar.