martes, 23 de junio de 2015

Perla

En medio del mar,
perdida entre las olas,
hay una perla hermosa,
brillante, pura, valiosa.

Pero es tan pequeña,
tímida y escurridiza,
que nadie se fija en ella.
Pasa desapercibida.

Los barcos pesqueros,
buscan bancos de peces,
los buques mercantes,
viajan sin detenerse…

Es un viejo pirata,
un patán sabio,
quien sumerge su mano,
y quien la rescata.

Pero al llegar a una aldea,
la vende en una tienda.
¡Cambiada por monedas!
La perla llora de pena.

Va de mano en mano,
hasta llegar a un artesano.
El cual ve su propio llanto,
reflejado en su brillo azulado.

Crea una corona de oro,
y coloca la perla,
al frente, en un trono,
hecho para ella.

Su brillo cambia, ya no es azul,
el arco iris se refleja con la luz.
Color nácar que le ha recordado,
la dificultad de hallar y ser hallado.

Aprendiz

Aprendiz que sin saber de telas,
ni de modas pasadas o venideras,
diseñó un vestido hecho de seda,
de flores bordadas con delicadeza.

Quedó el vestido en el maniquí inerte,
inacabado, con pespuntes y alfileres.
Aprendiz que se despidió de su maestro,
ignorando si poseía destreza o talento.

A veces vuela su pensamiento
y  ve a alguien llevándolo puesto.
Otras veces silencia su corazón
y  lo ve olvidado tal cual lo dejó.

En los cristales de las ventanas,
echa su aliento, y en el vaho,
dibuja el vestido olvidado.
No ha perdido la esperanza.

Si su mundo se resquebraja y se quiebra,
¿dónde está ese mentor de leyenda?
Quizás se extravió, lo engulleron las fieras…
o le queda aún una larga, larga espera.

Campanilla blanca

Jardinero que regó con sus lágrimas amargas,
las semillas de una campanilla blanca.

Brotó de la tierra una enredadera seca,

llena de espinas, con hojas muertas...

Entonces quiso arrancarla de raíz,

y olvidar que una vez estuvo ahí.

Quedó algo de ella entre la fértil tierra,
la lluvia no quiso que su vida se perdiera,
y un tallo verde surgió una mañana.
Campanilla blanca a los pies de una casa,
que una niña encontró y quedó hechizada,
la cuidó con amor y perseverancia.

Campanillas blancas que se aferran,
a las piedras de una casa vieja.
Se cierran cuando la niña enferma,
se abren cuando la niña juega,
mientras el jardinero las observa,
desconocedor de amor y promesas.

Ladrón que roba a escondidas
descubierto por unos ojos tímidos,
quiso evitar que hablara la niña
y provocó forcejeos y gritos,
dentro de esa casa perdida,
en mitad de un bosque maldito.

Enemigo de la luz del día, que huye,
zorro que sabe moverse y se escabulle,
cazador cazado que la culpa elude.
No sabe que tras la puerta de madera,
le están esperando enredaderas secas...
Con sus pinchos su débil carne atraviesan.

Al amanecer la niña, dolorida, se despierta,
y al salir de su casa contempla, boqueabierta,
que ya no hay campanillas blancas,
sólo quedan zarzas secas, sangrientas.
Campanillas blancas, muertas,
que han dado su vida... por ella.