Escorpión negro solitario
con verneno en su agijón,
quien se cruza en su camino
debe encomendarse a dios.
Su familia jamás viajó lejos,
no cruzó el lago extenso,
de todos era bien conocida,
su trágica fábula homicida.
Atacar o estar a la defensiva,
mirar a los demás con inquina,
desconfiar de su sangre
y de cualquier ser amable.
Vivir entre sombras
y soportar el dolor
de su alma rota
por su feroz condición.
Igual sería mañana,
así le había tocado,
pero él no aspiraba
a ser el más odiado.
Solía acercarse a la orilla
y soñar con otro destino.
Poder dar y recibir cariño
sin temor a ser herido.
A una tortuga despistada
le pidió que la llevase,
se negó por si la mataba
en cuanto se acercase.
Y el escorpión, muy inspirado,
por su búsqueda personal,
se cortó el aguijón sin pensarlo
y dejó de ser tan letal.
Tal demostración de fe ciega,
dejó a la tortuga sin palabras
y la condujo a su vida nueva,
a través del agua clara.
La gente suele decir
que murió sin remedio
y no que fue más feliz
que ninguno de ellos.
Escorpión negro acompañado
por cangrejos y langostinos.
Quien se cruza por su lado,
encuentra en él un amigo.