Ese árbol ya estaba ahí cuando mis padres vinieron a vivir
al piso de uno de los edificios que hay en la plaza. Tuvo que abandonar su
patria por la fuerza. Dejó atrás a sus compatriotas y el verde de los campos
que le vio nacer. Elegido, salvado de la fuerza imparable de excavadoras y
grúas que invadieron su tierra. Enviado para habitar en una urbe gris. Si superó
entonces todos esos cambios es porque es un superviviente nato. Y lo
demuestra, al permanecer imponente e
inalterable, con sus ramas abrazando el cielo, como un titán inmortal. Quizás
después de tantos años, el tiempo le ha tomado cariño y se ha hecho su amigo.
Frente a él, por la carretera, ha pasado tal cantidad de
coches, que no habría coleccionista en el mundo capaz de conseguir todos esos
vehículos en miniatura. Y las modas han cambiado tanto que no sabe qué pensar
sobre nuestra forma de vestir actual. Sé que echa de menos a esos hombres
elegantes, con traje, y a esas mujeres arregladas y perfumadas, con sus vestidos confeccionados a medida. Porque su
alma pertenece a otra época. El grosor de su tronco es considerable,
equiparable a sus años vividos. Y como los ancianos que se sientan bajo su
sombra, oculta viejas heridas y cicatrices y alberga una cierta melancolía en
su interior.
En ésa plaza, ya no están las mismas tiendas que hubo en el
pasado. Había una pastelería. Estuvo muchos años abierta, y era un regalo para
la vista y los sentidos. El olor de los pasteles invadía cada rincón, y hacía rugir
el estómago de los transeúntes. Al árbol le habría gustado dejar de alimentarse
de su savia, y haber probado una de esas maravillosas tartas. En Pascua
colocaban en uno de los aparadores una “Mona”
muy grande, artesanal, una obra
de arte de chocolate. Cada año era de una temática distinta. Tristemente, la vida sacrificada del
matrimonio de pasteleros hizo mella en la salud de ambos. El negocio pasó a los
hijos. Y siguiendo el transcurso de
incontables días y noches, hubo un momento en que la pastelería cerró.
La zapatería era grande. Escondidos entre sus grandes
aparadores, unos niños pobres se sentaban allí en ocasiones, con bolsas de
plástico para aspirar cola. Si hubiese podido prevenirles, hacerles de padre, proporcionarles
un hogar mejor, con mucho gusto el árbol se habría ofrecido a ayudarles. Pero
se tuvo que conformar con ser un simple testigo de cuanto acontecía a su alrededor.
Hubo un vagabundo que por un tiempo utilizó ése local para
cobijarse. Y, a ratos, se tumbaba en algún banco bajo sus ramas. Solía beber de un cartón de vino mientras maldecía y
hablaba sólo. Como respuesta a tantas quejas y preguntas filosóficas, sólo obtuvo el sonido
del viento en sus hojas.
Los niños del barrio jugaban bajo su atenta mirada. Al
“bote, bote”, al “pañuelo”, a “pica pared”, al “escondite”. Bajaban sus bicicletas para dar una vuelta a
la manzana y a su alrededor. También se subían en él. Porque su tronco es
corto, fácil de escalar. Dejó de crecer en altura cuando recibió la primera
visita de un chaval, y le gustó. Puede que hubiese muchas cosas que no pudiese
hacer, pero había algo que sí: hacer felices a los críos. Ganaban en seguridad,
al creerse increíblemente ágiles y fuertes por ser capaces de conquistar la
cumbre de una de sus ramas. Debe de ser protagonista de innumerables fotos, y,
sin embargo, su ego no se ha hecho más grande por eso. Pero no todo ha sido
agradable. También ha visto a los niños caerse y llorar.
Él sabe cuál es su papel en medio de tantos edificios. No
sólo hace el aire un poco más limpio. Es un refugio para los pájaros. Y les
sirve de alimento, cuando sus frutos maduran y caen al suelo. Una vez un gato
casero se subió en él, huyendo de otros de su misma especie, asustado por los
coches. Se convirtió en su salvador. Y aunque al minino le fue fácil subir, se
sintió incapaz de bajar. Mi padre lo rescató. Al árbol le habría gustado
colaborar, pero no tenía forma de bajar sus ramas para depositarlo en el suelo.
Habría tardado décadas en obrar tal prodigio.
Sus raíces han levantado la acera, tantas veces, que no
recuerdo que haya estado lisa nunca, hasta la fecha. Su intención siempre ha
sido la de echarse a andar. Al fin y al cabo, la montaña no está tan lejos. Una
vez casi mata a unos vecinos que estaban bajo su copa, cuando se rompió una de
sus ramas. No era su intención, pero nadie le preguntó. Tras éste incidente, le
dejaron “manco”, para evitar futuras desgracias. No es la compañía perfecta.
Nadie lo es. Pero sí que es alguien importante. Es un árbol centenario. El
único árbol en el que me he llegado a subir y que me ha visto crecer. Me siento
orgullosa de haberle conocido.
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