lunes, 12 de octubre de 2015

Árbol

Ese árbol ya estaba ahí cuando mis padres vinieron a vivir al piso de uno de los edificios que hay en la plaza. Tuvo que abandonar su patria por la fuerza. Dejó atrás a sus compatriotas y el verde de los campos que le vio nacer. Elegido, salvado de la fuerza imparable de excavadoras y grúas que invadieron su tierra. Enviado para habitar en una urbe gris. Si superó entonces todos esos cambios es porque es un superviviente nato. Y lo demuestra,  al permanecer imponente e inalterable, con sus ramas abrazando el cielo, como un titán inmortal. Quizás después de tantos años, el tiempo le ha tomado cariño y se ha hecho su amigo.

Frente a él, por la carretera, ha pasado tal cantidad de coches, que no habría coleccionista en el mundo capaz de conseguir todos esos vehículos en miniatura. Y las modas han cambiado tanto que no sabe qué pensar sobre nuestra forma de vestir actual. Sé que echa de menos a esos hombres elegantes, con traje, y a esas mujeres arregladas y perfumadas, con  sus  vestidos confeccionados a medida. Porque su alma pertenece a otra época. El grosor de su tronco es considerable, equiparable a sus años vividos. Y como los ancianos que se sientan bajo su sombra, oculta viejas heridas y cicatrices y alberga una cierta melancolía en su interior.

En ésa plaza, ya no están las mismas tiendas que hubo en el pasado. Había una pastelería. Estuvo muchos años abierta, y era un regalo para la vista y los sentidos. El olor de los pasteles invadía cada rincón, y hacía rugir el estómago de los transeúntes. Al árbol le habría gustado dejar de alimentarse de su savia, y haber probado una de esas maravillosas tartas. En Pascua colocaban en uno de los aparadores una “Mona”  muy grande, artesanal,  una obra de arte de chocolate. Cada año era de una temática distinta.  Tristemente, la vida sacrificada del matrimonio de pasteleros hizo mella en la salud de ambos. El negocio pasó a los hijos.  Y siguiendo el transcurso de incontables días y noches, hubo un momento en que la pastelería cerró.

La zapatería era grande. Escondidos entre sus grandes aparadores, unos niños pobres se sentaban allí en ocasiones, con bolsas de plástico para aspirar cola. Si hubiese podido prevenirles, hacerles de padre, proporcionarles un hogar mejor, con mucho gusto el árbol se habría ofrecido a ayudarles. Pero se tuvo que conformar con ser un simple testigo de cuanto acontecía a su alrededor.

Hubo un vagabundo que por un tiempo utilizó ése local para cobijarse. Y, a ratos, se tumbaba en algún banco bajo sus ramas. Solía beber  de un cartón de vino mientras maldecía y hablaba sólo. Como respuesta a tantas quejas  y preguntas filosóficas, sólo obtuvo el sonido del viento en sus hojas.

Los niños del barrio jugaban bajo su atenta mirada. Al “bote, bote”, al “pañuelo”, a “pica pared”, al “escondite”.  Bajaban sus bicicletas para dar una vuelta a la manzana y a su alrededor. También se subían en él. Porque su tronco es corto, fácil de escalar. Dejó de crecer en altura cuando recibió la primera visita de un chaval, y le gustó. Puede que hubiese muchas cosas que no pudiese hacer, pero había algo que sí: hacer felices a los críos. Ganaban en seguridad, al creerse increíblemente ágiles y fuertes por ser capaces de conquistar la cumbre de una de sus ramas. Debe de ser protagonista de innumerables fotos, y, sin embargo, su ego no se ha hecho más grande por eso. Pero no todo ha sido agradable. También ha visto a los niños caerse y llorar.

Él sabe cuál es su papel en medio de tantos edificios. No sólo hace el aire un poco más limpio. Es un refugio para los pájaros. Y les sirve de alimento, cuando sus frutos maduran y caen al suelo. Una vez un gato casero se subió en él, huyendo de otros de su misma especie, asustado por los coches. Se convirtió en su salvador. Y aunque al minino le fue fácil subir, se sintió incapaz de bajar. Mi padre lo rescató. Al árbol le habría gustado colaborar, pero no tenía forma de bajar sus ramas para depositarlo en el suelo. Habría tardado décadas en obrar tal prodigio.

Sus raíces han levantado la acera, tantas veces, que no recuerdo que haya estado lisa nunca, hasta la fecha. Su intención siempre ha sido la de echarse a andar. Al fin y al cabo, la montaña no está tan lejos. Una vez casi mata a unos vecinos que estaban bajo su copa, cuando se rompió una de sus ramas. No era su intención, pero nadie le preguntó. Tras éste incidente, le dejaron “manco”, para evitar futuras desgracias. No es la compañía perfecta. Nadie lo es. Pero sí que es alguien importante. Es un árbol centenario. El único árbol en el que me he llegado a subir y que me ha visto crecer. Me siento orgullosa de haberle conocido.


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