La ciudad es gris. Pero la he
visto teñirse de blanco por la nieve. O adoptar los colores del cielo. Me gusta
cuando todo se vuelve anaranjado, es más espiritual, y me transporta a algún
lugar de Asia, a la India o a un templo budista. Sin embargo, hoy es un día nublado
y está empezando a llover. Los edificios se empapan, y sus defectos se vuelven
más visibles. Se oscurece el cemento por donde pasa el agua. Las grietas se
hacen más profundas. Es como si envejeciesen de repente. Los balcones y
ventanas no parecen inmutarse. Permanecen cerrados como si nunca hubiesen sido
abiertos. De las barandillas se resbalan las gotas de lluvia, que brillan al
reflejarse algún rayo de sol que se cuela entre las nubes. Como preludio de que pronto despejará.
En este contraste entre claro y
oscuro, la luz de los hogares resulta más hermosa aún, y mucho más cálida que
en un día cualquiera. Y si hay una cortina recogida, y puedes ver detalles del
interior de algún piso, quizás incluso a alguien, resulta reconfortante. Si
estuviese en la calle, me embargaría un profundo deseo de cobijarme en ese
lugar. La gente va con prisas, y lleva
sus paraguas abiertos. Hay de todos los formatos y colores. La intensa lluvia crea na obra de impresionismo en movimiento.
La circulación se ha vuelto
intensa. Se hace notar el estrés. Un coche hace sonar el claxon. Otro pasa sin
respetar a los peatones que cruzan el semáforo en ámbar. Las retenciones consiguen desesperar a los
conductores que intentan ganar tiempo de cualquier manera y se vuelven
agresivos. Resulta curioso que para quien observa el tiempo se pare, y para
quien corre el tiempo avance de manera vertiginosa. Y viendo todo desde una
altura considerable, sientes que todos somos pequeños y vulnerables.
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